Montón de Tierra, con Árboles (2007)

A un amigo cuya obra quedó en nada
 
AHORA que la verdad se sabe,
calla, y acepta
de cualquier dura garganta tu derrota;
porque ¿Cómo puedes tú,
criado en el honor, competir con ese
que, si se probara que miente,
no se avergonzaría ante sus propios ojos
ni ante los de los demás?
Hecho a cosa más dura
que el triunfo, apártate;
y como una cuerda riente
que dedos locos están pulsando
en un lugar de piedra,
calla y regocíjate,
que esta es la más difícil
de todas las cosas conocidas.
 

W.B. Yeats, 19161

Presentada el 2 de Noviembre de 2007 en Project Horseshoe, Cañón de las Águilas, Lago Buchanan, Tejas.

§

En otoño de 2003 yo trabajaba como Director Creativo en la División de Juegos Portátiles de Comverse, una gran compañía de telecomunicaciones.

Un día Comverse decidió que no querían seguir en el negocio de los juegos portátiles, y despidieron a toda la división.

Yo había pasado la mayoría de los 10 años anteriores saltando de una compañía de juegos a otra, montando la burbuja de internet todo su camino hacia arriba y hacia abajo.

No había publicado un juego decente bajo mi propio nombre desde 1990.

Así que decidí que era el momento de cambiar de empleo.

Abandoné la industria de los video juegos, y cogí un empleo en el sistema de educación pública de Massachusetts, trabajando como productor y educador en el planetarium del Framingham State College.

Si quieren deprimirse por el futuro de América cojan un trabajo en nuestro sistema de educación pública.

Dicho esto, mi trabajo en el planetarium no dejó de tener sus momentos.

Siempre pude contar con unas pocas bocas abiertas de asombro cuando las luces se apagaban, y toda la gloria del cielo nocturno aparecía en la cúpula superior.

Y de vez en cuando, podía ver una cara joven mirando fijamente hacia el proyector de estrellas con curiosidad y deleite, de la misma forma que yo cuando era pequeño.

Presenté alrededor de 1.400 demostraciones bajo la cúpula a unos 55.000 estudiantes.

Pero 3 años y ½ de repetición constante y sueldo decreciente finalmente me hartaron, De modo que el año pasado, volví al negocio de los video juegos.

Esta vez, decidí que no quería llamar la atención. No más entrevistas. No más conferencias. Y no más discursos.

Entonces recibí un email de George invitándome a asistir al Project Horseshoe del año pasado. Había estado en un par de sus Game Audio Bar-B-Qs, así que sabía que era inútil no aceptar.

En aquél Horseshoe, acabé con un grupo de trabajo que se hacía llamar los Legitimate Bastards. Nuestro trabajo era estudiar qué se podía hacer para crear juegos de ordenador más culturalmente “legítimos”.

Se nos ocurrieron unas cuantas recomendaciones.

Una idea era fomentar la creación de un archivo académico que preservara nuestra historia para la posteridad.

Aquella resultó ser una idea de su tiempo. Tal y como resultó, algunas personas del Centro de Historia Americana de la Texas University estaban pensando lo mismo.

Ahora tienen un archivo de video juegos oficial, que activamente busca donaciones de documentos, código fuente, cajas de juegos y otros artefactos relacionados con la historia de los video juegos.

Sabrán que hemos conseguido legitimidad cuando la Texas University comience a ofrecernos dinero por nuestros artefactos, como se hace con los directores de cine.

La idea de que nosotros los diseñadores de juegos estamos creando un cuerpo de trabajo merecedor de su preservación es aduladora, supongo.

Es divertido imaginar a estudiosos examinando detenidamente nuestros viejos contratos y documentos de diseño, escribiendo libros sobre quién hizo qué primero, y quién influenció a quién.

Cuando pienso sobre este asunto del legado, dos libros me vienen a la memoria.

El primero es The Clock of the Long Now: Time and Responsibility, de Stewart Brand.

Es básicamente una declaración de intenciones de un grupo llamado la Long Now Foundation, entre cuyos miembros se encuentran adinerados technorati como Stewart Brand, Danny Hillis, Brian Eno, Doug Carlston, Esther Dyson y Mitch Kapor.

La Long Now Foundation está involucrada en muchas de las grandes iniciativas archivísticas. Su mayor y más ambicioso proyecto incluye la construcción de un gigantesco reloj mecánico en el desierto.

Este reloj, cuyo prototipo ya ha sido planteado por el fundador e ingeniero de Thinking Machines, Danny Hillis, está diseñado para funcionar continuamente durante los próximos 10.000 años.

Su propósito es servir como una especie de mito hecho por el hombre para generaciones futuras, un sombrío destino turístico que haga pensar a la gente sobre el tiempo y su administración y responsabilidad y conservación y toda esa clase de cosas.

Si visitan su web en longnow.org pueden comprar polos, sombreros y posters del Clock of the Long Now, y mirar las imágenes de la ladera de la montaña de 180 acres que han comprado al este de Nevada.

The Clock of the Long Now fue publicado en 1999, justo en el punto álgido de la burbuja de internet. Supura ese tecno-optimismo de amplias miras y fe en el futuro que era tan frecuente en aquellos locos y maravillosos días.

En ninguna parte del libro encontrarán la palabra “terrorismo”.

Otro libro, también publicado en 1999, se llama Deep Time: How Humanity Communicates Across Millenia, del profesor de física y autor de ciencia ficción Gregory Benford.

El Dr. Benford se aproxima al tema del legado desde una perspectiva de dura experiencia. Él ha estado involucrado como consejero en numerosos proyectos gubernamentales cuyo propósito es comunicar durante generaciones.

Uno de los proyectos suponía el diseño de una baliza de mensajes que iba a ser adherida a la sonda espacial Huygens que aterrizó en Titán en Enero de 2005.

Este disco de 28 mm. hecho de diamante artificial, estaba micro inscrito con datos y diagramas que los exploradores espaciales de un futuro lejano, humanos o de otra clase, pudieran leer para determinar dónde y cuándo fue hecha la sonda espacial.

[Humans]

Incluso tenía una fotografía 3-D de humanos en una playa, en grupos étnicos políticamente correctos, vestidos con trajes de baño estridentes. Observen a la señora mayor en la silla, demostrando su pulgar oponible.

El Dr. Benford pasa entonces a describir cómo un burócrata sin importancia de la NASA trató de llevarse todo el mérito por el proyecto, y cómo acabó enfureciendo tanto a todo el mundo que la baliza nunca voló, incluso aunque ya había sido manufacturada y pagada.

Está en un cajón, en alguna parte de Washington.

Otro proyecto de legado en el que participó el Dr. Benford tenía que ver con residuos radiactivos.

El Gobierno de los E.E.U.U. tiene un programa de prueba de eliminación llamado Waste Isolation Pilot Project, un vasto complejo de almacenamiento enterrado a 2.000 pies bajo tierra en las salinas cercanas a Carlsbad, Nuevo México.

Miles de barriles de material residual radiactivo están siendo alamacenados aquí, supuestamente para determinar la factibilidad del almacenamiento nuclear a la largo plazo.

Nadie parece saber qué pasará con estos barriles si se decide que no es factible.

Uno de los problemas del almacenamiento de residuos nucleares es que continúan siendo peligrosos por mucho tiempo. En algunos casos, hasta 10.000 años o más.

El Dr. Benford fue invitado a unirse a un grupo de expertos contratados por el Congreso para determinar la mejor forma de mantener a la gente alejada del lugar del proyecto después de que sea sellado en 2015.

Su trabajo era crear una señal de advertencia que permaneciera visible, inteligible y efectiva durante las próximas 400 generaciones.

Podrían llamarlo el Achtung of the Long Now.

Esta no es la primera vez que nuestro gobierno ha intentado esta clase de cosa.

En 1961, el gobierno explotó una pequeña cabeza nuclear a unos miles de pies bajo las salinas de Carlsbad, no lejos del Waste Isolation Pilot Project.

El lugar de la explosión fue debidamente señalizado, y después abandonado.

El Dr. Benford y su grupo de expertos decidieron ir a echar un vistazo a esta señal.

Limpiaron el desierto de matorrales, espantando al ganado y esquivando los remolinos de polvo, hasta que encontraron la señal.

Es una losa de granito del tamaño de una lápida que tiene una placa de cobre, reverdecida por la oxidación.

En grandes letras dice PROJECT GNOME, seguido de los nombres de los generales y burócratas que organizaron la explosión.

En la parte posterior de la losa hay una placa más pequeña, casi ilegible por la herrumbre.

Dice (sólo en inglés), Este lugar será peligroso durante 24.000 años.

Había evidencias de que la losa de granito había sido movida. El Dr. Benford especula que fue culpa del ganado, que usa la losa para frotarse.

Él estima que si la losa es empujada un metro en alguna dirección aleatoria cada treinta años, en 24.000 años ésta acabará a unos treinta metros de su posición original.

Afortunadamente, los diseños propuestos para la señal sobre el Waste Isolation Pilot Project son considerablemente más elaborados.

Están basados en una variedad de escenarios sobre la posibilidad de una civilización futura que trate de desenterrar el área.

La conclusión general del grupo de expertos del Dr. Benford era que la mejor forma de señalizar algo durante un largo período de tiempo es un con gran montón de tierra.

Cualquier otra cosa es susceptible de ser incomprendida, desgastada o robada.

De modo que por un lado, tenemos el Clock of the Long Now, una visionaria maravilla para la posteridad, enorme, impresionante, atractiva, vulnerable. Su simple y paciente mensaje es: Pensad en el Futuro.

Por el otro lado, tenemos un emplazamiento para residuos nucleares, construido como una montaña, visiblemente amenazante, con otro mensaje simple: No Entrar.

Dos monumentos del desierto, cada uno diseñado para durar 10.000 años, tanto como ha existido la civilización humana en este planeta.

Así que díganme: ¿Cuáles son las posibilidades de que los contenidos del Video Game Archive de la University of Texas sobrevivan durante 10.000 años?

Antes de que todos corramos a cortarnos las venas, me gustaría contarles una historia.

Mi madre creció en una pequeña ciudad al norte de Rhode Island con el curioso nombre de Woonsocket.

Nadie recuerda de dónde viene el nombre de Woonsocket. Algunos historiadores creen que la palabra podría tener origen en una tribu local de Nativos Americanos.

Cuando era niño, mi familia solía visitar a mis abuelos en Woonsocket cada domingo . Ellos vivían todavía en la misma casa en la que había crecido mi madre.

Solía pasar las tardes explorando los vecindarios de la ciudad con mis hermanos y hermanas.

Recuerden, esto era allá por 1960, cuando los padres permitían e incluso alentaban a los niños a que deambularan libremente.

Uno de nuestros lugares favoritos a visitar era un instituto privado local.

Rodeábamos el gran edificio de ladrillo, a través de una amplia extensión de aparcamiento.

Allí, en una ladera rocosa con vistas a la pista de hockey, había un lugar muy extraño y especial.

Era algo así como un cementerio.

Había altos arcos de piedra y cemento, coronadas por estatuas de ángeles.

Un camino arbolado estaba delimitado por pilares de piedra esculpidos con escenas religiosas.

Había un muro de piedra semicircular, de veinte pies de alto, una gruta oscura que rodeaba una piscina poco profunda de agua de lluvia, con escaleras y estatuas puestas en las piedras circundantes.

El suelo de cemento de la gruta estaba incrustado de piedras lisas, canicas de niños, trozos de cuarzo y pedazos de cristal coloreado.

Todo en este misterioso jardín de estatuas estaba cayéndose a pedazos. Estaba cubierto de maleza, lleno de botellas rotas y envoltorios de caramelo. Algunos de los ángeles estaban volcados, o les faltaban cabezas o brazos.

El efecto de este lugar era solemne y magnético.

Pasé muchas horas ahí con mis hermanos y primos, hurgando en las ruinas y lanzando guijarros a la piscina.

Cuando fui un poco mayor, iba al jardín de estatuas yo sólo. Aquéllas fueron las mejores veces.

Vagaba en solitario entre las estatuas desmoronadas, inventándome historias sobre los ángeles y santos.

Con el tiempo me volví adolescente y dejé de ir a casa de la Abuela los domingos.

Fui al instituto y a la universidad. Mis abuelos se mudaron de ese vecindario, y al cabo de un tiempo murieron.

Una tarde, hace unos diez años, atravesé Woonsocket en coche y decidí girar hacia la casa de mis abuelos para ver cómo se encontraba.

Todavía estaba allí, más o menos como estaba en los 60'.

Y de repente, por primera vez en casi treinta años, recordé aquél viejo jardín de estatuas cerca del instituto.

Conduje alrededor de la esquina, aparqué mi coche en el parking que solía atravesar andando, y pasé por la ladera con vistas a la pista de hockey.

Ya no estaba.

Las estatuas, los arcos y el camino habían desaparecido completamente.

Era tan sólo una parcela vacía, cubierta de pinochas y arbustos.

Varios camiones de tierra habían sido vertidos sobre la gruta que rodeaba la piscina, enterrándolos completamente.

[Trees]

Un pinar, de al menos veinte años, crecía en aquella tierra.

Sólo el borde superior del muro permanecía para marcar el lugar donde había estado la gruta.

Volví de la ladera donde solía jugar, un poco triste, y un poco perplejo.

¿Quién había construido aquella extraña colección de muros y estatuas? ¿Por qué había sido descuidado y por tanto destruido?

Algunas semanas más tarde, estaba visitando a mis padres cuando recordé que mi madre había crecido en aquél vecindario.

Le pregunté si sabía algo sobre aquél viejo jardín de estatuas en el instituto.

Como respuesta, ella desapareció en su dormitorio y salió con un álbum familiar.

Hojeó las páginas y paró en una pequeña fotografía en blanco y negro.

[Brother Sergius with Mom]

La foto mostraba a mi madre en sus veinte años, probablemente alrededor de 1954, vestida con sus mejores ropas de domingo.

A su lado se hallaba un hombre mayor vestido como un sacerdote o monje católico.

Alrededor y detrás suyo se alzaban los arcos y estatuas que yo recordaba de mi niñez.

Mi madre me contó que el hombre de la foto era el “Hermano André”, y que él era el arquitecto y cuidador de aquél jardín de estatuas.

Ella había conocido al Hermano André desde que era una niña. Muchas veces le había visto trabajar en torno a la gruta y las estatuas.

Ella recordaba cómo ella y sus hermanas le había provisto de canicas y trocitos de cristal para decorar el hormigón.

Y recordó haber oído que el Hermano André había muerto algunos años más tarde, y que había sido enterrado en la gruta por su hermanos compañeros.

Ahora ya estaba completamente intrigado.

Las semanas siguientes investigué un poco a ver qué podía encontrar sobre el “Hermano André” y el jardín de estatuas perdido.

El instituto en el que estaba el jardín es la Academia Mount St. Charles, dirigido entonces y ahora por los Hermanos del Sagrado Corazón, una orden religiosa católica dedicada a la enseñanza.

Cortésmente llamé y escribí emails a la Academia buscando información, pero nadie me contestó nunca.

Pero en la biblioteca pública de Woonsocket, descubrí una colección incompleta de anuarios antiguos del Mount St. Charles.

Y ahí, enterrado entre fotos de los equipos de hockey y delegados de clase, encontré unas pocas fotografías de estudiantes posando frente a las estatuas y la gruta que recordaba de hace tiempo.

Y también encontré un retrato y algunas otras fotos del hombre que las había construido.

A mi madre le había fallado la memoria. Su nombre no era Hermano André. Ese era el nombre de otro hermano que construyó un famoso santuario en una colina de Montreal.

El hombre que mi madre conocía se llamaba Hermano Sergius.

Su posición en la academia es catalogada en el anuario de 1962 como “Cuidador de las Grutas”.

Un par de fotografías del mismo anuario muestran al anciano Hermano Sergius trabajando en un muro de piedra y paleando nieve.

El comentario adyacente decía, “A sus 86, el bueno del Hermano Sergius encuentra cosas que hacer a lo largo del año, lo que debería servir de inspiración para muchos jóvenes holgazanes.”

Con el tiempo esperaba encontrar más sobre el buen Hermano Sergius.

Pero ya sabía lo suficiente como para reconocer en su jardín el símbolo de la forma en que yo quería vivir.

Cada Octubre, en una tarde de domingo cuando los árboles se llenan de color, conduzco hasta esa ladera en Woonsocket, Rhode Island, y me siento un rato en los restos del muro que él construyó antes de que yo naciera.

Me gusta imaginar que la gruta del Hermano Sergius fue un trabajo de simple devoción, hecho con poco interés por la fama y el reconocimiento, y sin otra recompensa que su habitación y puesto en la Academia, y la satisfacción de trabajar en ello.

Al colegio al que sirvió durante décadas aparentemente no le importaba demasiado el jardín en el que le enterraron.

Nadie se molestó en mantenerlo tras su muerte. La decadente pila de piedra acabó volviéndose desagradable a la vista. Probablemente un punto de reunión para los hippies locales al anochecer.

Un lugar peligroso para que los niños deambularan.

De modo que, tras un período de tiempo respetuoso, echaron todo abajo y lo arrasaron con bulldozers.

Sin embargo, miren lo que ha sucedido.

Una niña del vecindario que colocó canicas en el cemento de la gruta creció, se convirtió en madre y tuvo un hijo, quien inadvertidamente descubrió las ruinas y se conmovió tanto que creció dando charlas sobre ello décadas más tarde, a miles de millas de distancia.

A veces, cuando estoy deprimido o sintiendo lástima de mí mismo, me olvido del sutil legado del Hermano Sergius.

Empiezo a decir cosas como No he publicado un juego decente bajo mi nombre desde 1990.

Dejen mi legado enterrado como la gruta del Hermano Sergius.

Porque la mejor manera de señalizar algo durante un largo período de tiempo es con un gran montón de tierra.

§

Hace tres días, mientras escribía esta presentación, recibí un email inesperado del Hermano Robert Croteau, Presidente de la Academia Mount St. Charles.

Hace meses, había conseguido su dirección de email y le había enviado un mensaje pidiéndole permiso para buscar en los registros de la biblioteca de la Academia información sobre el Hermano Sergius.

En su respuesta, el Hermano Croteau se disculpó por el tiempo que había tardado en contestarme, y me dio la información de contacto que necesitaba para acceder a la biblioteca.

También me envió esta fotografía del Hermano Sergius.

[Brother Sergius]

Una copia cuelga ahora de la pared de mi estudio en casa.

Cuando miro hacia ella, pienso en Mahatma Ghandi, un gran maestro de la visión a largo plazo, quien dijo una vez, “Cualquier cosa que hagas será insignificante, pero es muy importante que la hagas”.

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Traducción: Daniel Alonso Martínez (a 27/08/2012)

1. Traducción de Juan Ramón Jiménez (enero de 1937, publicado en “Guerra en España (1936-1953)”, Seix Barral, 1985, Barcelona. (N. del T.)

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